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Alas republicanas

Updated: Jul 27, 2018



La Aeronáutica Militar, como arma aérea del Ejército de Tierra español, se funda oficialmente en 1913 (año en el que empieza su andadura marcando un hito histórico, al llevar a cabo el primer bombardeo organizado de la Historia bélica mundial, durante la Guerra de Marruecos) y prolonga su existencia hasta el estallido de la Guerra Civil, en julio de 1936. En ese momento se divide, según la opinión común, en dos bloques enfrentados: por un lado, las Fuerzas Aéreas de la República Española (FARE), con unos efectivos de alrededor de 200 aviones y, por el otro, la Aviación Nacional, con unos 90 aparatos. En realidad, no está claro que estos cambios de denominación tuvieran lugar oficialmente en el seno del Ejército español, siendo la suya una división más bien de facto que de nombre. Hay quien sostiene que el acrónimo FARE es espurio, acuñado muchos años después de los hechos, pero nosotros lo usaremos aquí por comodidad, al margen de cualquier polémica.


53 de los aproximadamente 200 aparatos que permanecieron en poder de la República al inicio de la contienda eran aviones de caza: 50 Nieuport-Delage NiD 52 y 3 Hawker Spanish Fury, modelo que acababa de ser seleccionado para reemplazar al anterior, ya obsoleto.


El NiD 52, diseñado en Francia a mediados de la década de 1920, ganó el concurso convocado por el Gobierno español en 1928 (antes, por tanto, de la instauración de la República) para dotar de un nuevo caza a su Aeronáutica Militar, y fue subsiguientemente construido bajo licencia por la factoría Hispano-Suiza de Guadalajara, con el nombre de Hispano-Nieuport, durante la primera mitad de la década siguiente. Era, pues, el caza principal (prácticamente, el único) del arma aérea del ejército español en el momento en que estalló la Guerra Civil.



Se trataba de un típico producto de “entreguerras”, que combinaba rasgos anticuados con ciertos atisbos de modernidad, el más notable de ellos, su construcción enteramente metálica. No era biplano ni monoplano: era un “sesquiplano”, esto es, un avión con un ala superior de gran tamaño y una inferior muy pequeña, casi embrionaria, unidas entre sí, y al tren de aterrizaje, mediante grandes montantes metálicos en forma de “Y”, sin cables de arriostramiento.


Estéticamente atractivo, de líneas depuradas pese a sus grandes montantes alares, el Hispano-Nieuport fue, sin embargo, un aparato mediocre y, para el año 36, cuando empezó la guerra, sus 250 km/h de velocidad máxima resultaban poco menos que risibles para un caza. Ni siquiera era fácil de pilotar, de manera que la mayor parte de las bajas que sufrió este modelo al inicio de la contienda no se debieron a combates aéreos, sino a accidentes de pilotos voluntarios extranjeros poco familiarizados con el aparato.


Algunos de estos aviones (cerca de una docena, al parecer) quedaron en manos de los nacionales, lo que hizo que el NiD 52 fuera el único aparato que luchó en números significativos en ambos bandos. Pero, incapaz de hacer frente como caza a los Fiat CR 32 italianos, desde el lado republicano, o a los Polikárpov I-15 soviéticos, desde